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Fernández y Sarlo: dos duelistas experimentados

Es la mañana del viernes y una corriente de aire fresca e inesperada entra por una de las ventanillas abiertas del auto que viaja desde Caballito hasta el centro de la ciudad.

-Acá viví yo, dice Beatriz Sarlo.

Dice acá y señala con su dedo índice un edificio bajo y antiguo; un portón de madera claro sobre la calle México, ahí donde aún domina el empedrado. Minutos antes veníamos surfeando semáforos por la avenida mientras ella aprovechaba para acomodar sobre la falda un conjunto de papeles y anotaciones que no se parecen ni a los apuntes para sus clases o conferencias ni a las fichas que prepara cuando trabaja con los libros. Son preguntas, muchas preguntas, todas las que Sarlo pensó a la manera de cuestionario para cuando dentro de un ratito se siente frente a Alberto Fernández, el candidato que tiene las mayores chances de convertirse en presidente de los argentinos el próximo 27 de octubre.

Una vez que baja del auto, desde el cordón de la vereda mira hacia un lado y hacia otro de esa zona céntrica de Buenos Aires que conoce bien y que camina mucho, todos los días. Ya es casi la hora pautada para la entrevista y, sobre la dirección exacta en la que es la cita, ya están el fotógrafo y los camarógrafos esperando para entrar. “Ahí también viví yo”, me dice Beatriz muy seria, y extiende su brazo derecho como si quisiera alcanzar la ventana del primer piso que allá, a unos metros, da a una de las esquinas de Balcarce. “Durante la dictadura”, dice mientras cruzamos.

Las oficinas de Alberto Fernández en San Telmo se montaron en tiempo récord en una construcción antigua en la que funcionaba el showroom de una fábrica de muebles de oficina. Se huele a renovación en el amplio bunker de campaña del Frente de Todos, en el que destacan la modernidad del cemento, el vidrio, el hierro, el ladrillo a la vista en algunos techos y los ambientes naturalmente iluminados. La decoración es muy sobria, hay mucho blanco en las paredes y en los muebles; se ven obras de artistas contemporáneos argentinos colgadas en los distintos ambientes y sobre las mesas bajas destacan floreros angostos que transparentan ramos de azucenas. Blancas.

Mientras el equipo de Infobae instala los equipos para filmar la nota en la oficina de Fernández, Santiago Cafiero, su jefe de campaña, invita a Sarlo a pasar a su oficina de la planta baja. Él toma mate, ella, té. Sobre la pared, una gran foto en blanco y negro muestra a Juan Domingo Perón en primer plano y a Antonio Cafiero, sentado a la izquierda del general. Cuenta el nieto del gestor de la renovación peronista que la foto fue tomada en Madrid, en 1972, durante la conferencia de prensa en la que Perón anunció su regreso a la Argentina. Cuenta, también, que López Rega estaba con ellos y que Perón no lo dejó sentarse a su lado. “Que ahí se siente Cafiero”, parece que fue la indicación. Santiago dice que Antonio nunca olvidó ese glorioso 1 a 0 y que contaba la anécdota con satisfacción cada vez que podía. Santiago mira a Beatriz y con afecto le agradece: “Me gustó mucho lo que escribiste cuando murió mi abuelo”.

Un grupo de hombres sale de la sala de reunión, de la que también se ve salir al candidato: pantalón oscuro, saco azul, camisa celeste, corbata a tono, zapatos clásicos. Saluda a todos los que se van; hay abrazos, sonrisas y frases de despedida. Se respira una primavera eufórica, aunque manda la cautela. Es un clima de entusiasmo pero sin desbordes.

Cuando se abre la puerta de la oficina de Fernández, lo primero que se ve sobre la pared del fondo es el abrazo del renunciamiento de Evita dibujado por una mano actual, fondo blanco y líneas negras. Sobre el escritorio, el libro de Eduardo Berti sobre Por, la estremecedora canción del Flaco Spinetta. En la biblioteca se repite una foto que está también en la oficina de Cafiero: los protagonistas son Néstor y Cristina, en una mirada íntima y cercana. Los estantes del mueble se ven colmados de regalos que viene recibiendo en sus giras y en cada acto el hombre que arrancó hace unos meses como el candidato inesperado. Los miembros de su equipo que lo acompañan día a día cuentan que los bolsos en los que llevan los cambios de ropa de Alberto vuelven cada noche redondos de ofrendas populares: tazas, jarritos, libros, osos de peluche. Todo eso está a la vista. Una ilustración de un Alfonsín de campaña en el 83, con el clásico gesto de las manos juntas cerca de su corazón hacia arriba, entre su corazón y su cabeza. Una amorosa aunque algo desafortunada caricatura de Bob Dylan. Una pintura en la que Dylan, el simpático perro de Fernández, luce vestido de granadero.

(Gustavo Gavotti)
(Gustavo Gavotti)

Alberto Fernández y Beatriz Sarlo se conocen y se respetan. Eso se percibe en el saludo del encuentro y se verá durante la entrevista: una hora de preguntas y respuestas sin tuteo y entre las que habrá intercambio de ideas y también momentos algo más tensos, como cuando Fernández no interpretó el sentido del término “miserables” utilizado por Sarlo como sinónimo de pobres y Beatriz, sin inquietarse, respondió que le gustaba utilizar el concepto “a lo Víctor Hugo”. O como en el ping pong intenso y durísimo que se dio alrededor del famoso acto en la ESMA del 2004 que a los militantes les gusta señalar como hito de la política de derechos humanos del kirchnerismo, pese a que en esa ocasión en su discurso Kirchner pidió perdón por el silencio de veinte años de democracia sobre los crímenes de la dictadura y “olvidó” mencionar a Alfonsín y el Juicio a las Juntas.

Fernández y Sarlo se conocen y se respetan, sí. Pero también se miden y se torean como duelistas entrenados. El candidato lo hace cuando le dice que se necesitan “muchas Sarlo” para cansarlo y la intelectual exhibe una sutil ironía cuando le asegura que no tiene motivos para desconfiar de su amistad con Cristina Kirchner. Son gestos fuertes pero en los que en ningún momento se advertirá algo más que un juego retórico de personas acostumbradas por décadas al debate.

En campaña y con entusiasmo, Fernández parece entrenado para no patinar, y es lógico. Cuida lo que dice al milímetro; cada vez que un verbo o un adjetivo pueden provocar un eco de riesgo, inmediatamente llega un matiz. Es un hombre acostumbrado a cuidar y editar el discurso de los otros, algo de todo eso puede también ser un buen manual de autoayuda política. Cuando se lo escucha, no se nota tanto como cuando se lo lee: Alberto repite mucho las palabras y también las frases cortas. Es una estrategia discursiva, un recurso para mostrar énfasis pero que le sirve para ganar tiempo y pensar adecuadamente lo que debe decir a continuación. También repite mucho el nombre del interlocutor, una de las instrucciones principales de cualquier decálogo de seducción para líderes. Beatriz, fiel a su estilo, busca hablar como escribe y la mayoría de las veces lo consigue. En varias de las preguntas, se dirigió al candidato llamándolo “Doctor Fernández”.

(Gustavo Gavotti)
(Gustavo Gavotti)

Sobre el final, ya sin cámaras, unos minutos de conversación distendida acerca de Sinceramente, el bestseller de Cristina que surgió como idea de campaña de Fernández -él dice que imaginó que iban a vender 100 mil ejemplares y ya van por los 400 mil- y que Sarlo cuestiona duramente, aunque no por su contenido sino por su lenguaje y su poco cuidada construcción narrativa, según dice.

“No puedo discutir de esto con ella; ella es la que sabe”, dirá él con sonrisa resignada, ya en la despedida.

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