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OPINIÓN: El cuidado de la mente y el corazón de nuestros niños

(Foto: cortesía)
(Foto: cortesía)

Por Celia Antonini*

Los niños no son capaces de transitar por sí solos el camino de la vida. Somos los adultos los que vamos guiándolos y enseñándoles las pautas que creemos necesarias para su desarrollo.

Desde que nacen están expuestos a lo que les decimos, a la forma en que lo hacemos, a lo que les enseñamos, permitimos o prohibimos.

Determinamos lo que está bien y lo que está mal sin que ellos tengan la posibilidad de modificar o contradecir el mundo que los adultos les presentamos.

Nosotros también hemos pasado por lo mismo. La casa en donde nacimos, el país en el que vivimos, los amigos de la escuela, los maestros, los vecinos y de toda persona, situación y experiencia que vivimos en los primeros años de nuestra vida forman, hasta el día de hoy, parte de quienes somos. Los primeros pasos de nuestras vidas fueron marcados e impregnados por la clase de educación y el tipo de cuidados que recibimos.

El amor que sentimos por nuestros hijos es incondicional, pero con eso no alcanza para que ellos puedan sentirse bien y tener una buena vida.

Tenemos que prepararlos para enfrentar los desafíos que les toquen vivir y enseñarles a sortear los obstáculos que se les presenten, ofreciéndoles la mayor cantidad de herramientas posibles para que puedan lograr sus objetivos.

Tres pilares conforman el mejor trazado que podemos hacer en la mente y el corazón de nuestros hijos. Si los criamos con amor manifiesto, respeto y comunicación los ayudaremos desde los primeros años de sus vidas. Cuando un niño se siente seguro del afecto parental, y es criado con reglas claras y con diálogo, crecerá sin tantas dificultades. Pero si somos agresivos los formaremos con miedos y terrores que los acompañaran el resto de sus vidas. Si tenemos una personalidad indecisa o temerosa de una forma u otra lo transmitiremos y aunque hagamos esfuerzos denodados por ocultar nuestros defectos, éstos igualmente serán vistos por los demás.

Les damos aquello que somos, con algunas cualidades positivas y otras negativas. Una buena manera de educar a nuestros hijos es mostrándoles que somos imperfectos y que ellos también lo son y lo serán, y que sin importar la forma de ser que tengan, serán amados por unos y no queridos o tenidos en cuenta por otros. Por eso es tan importante ayudarlos a desarrollar una buena autoestima. El aprender a quererse a ellos mismos los ayudará a protegerse de peligros de malas compañías, la droga, el alcohol y la delincuencia, a enfrentar las decepciones, las críticas y las frustraciones sin sentir que sus vidas se desmoronan ante cada obstáculo que se les presente.

Criar y educar a un hijo es un acto de responsabilidad que nos exige constancia, compromiso y presencia durante casi las primeras dos décadas de sus vidas. Eso conlleva resignar algunas necesidades y deseos propios para dedicarles el tiempo necesario para acompañarlos, apoyarlos y guiarlos.

Nuestro desafío será, además, no recriminarles los esfuerzos y postergaciones que hemos realizado en pos del bienestar de ellos.

*Psicóloga y escritora

Lo publicado aquí es responsabilidad del autor y no representa la postura editorial de este medio

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