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El problema no es el dólar, es el peso

Cada proceso electoral nos plantea, entre otras cosas, la posibilidad de mirarnos en retrospectiva en tanto sociedad. En este marco, a lo largo de una historia electoral que, desde que la Ley Sáenz Peña introdujo el sufragio universal (aunque originalmente sólo masculino) lleva apenas algo más que un siglo, hemos vivido profundas transformaciones que alteraron el vínculo que, como ciudadanos, tuvimos y tenemos respecto a las instituciones de la democracia y sus representantes.

Transformaciones que no sólo han sido fruto de procesos políticos, sociales y culturales, sino también de elementos propios de la esfera de la economía. Dólar, inflación, letras y bonos, déficit, "riesgo país", son algunas de las principales variables que nos acompañaron estos años y que, aun hoy, son protagonistas de las contiendas y los debates que se generan en la opinión pública.

Un mundo de información

La dinámica del mundo moderno es caótica. La revolución tecnológica de los últimos 30 años es solo una arista -de tantas otras- de las diversas transformaciones que han acelerado y complejizado la vida cotidiana de las personas. El consumo de información es un reflejo de ello: cada vez estamos más expuestos a la información. Hace apenas 20 años, bastaba con apagar la televisión para bloquear el acceso de noticias, sin embargo, hoy nuestros teléfonos inteligentes suenan varias veces por minuto con notificaciones, alertas y mensajes. Si antes a la información había que ir a buscarla, hoy ella viene a uno.

Para dimensionar el volumen informativo que caracteriza a estos jóvenes años del siglo XXI, cabe señalar que a nivel mundial en sólo 60 segundos de internet se envían 180 millones de correos electrónicos, 38 millones de mensajes de WhatsApp, se registran casi 1 millón e ingresos a Facebook y 3,7 millones de búsquedas en Google. En definitiva, y como señaló la empresa de informática IBM, casi el 90% de la información actual se generó en los últimos dos años.

Sobresaturación de información que abruma, aturde y dificulta no sólo la atención y la adecuada comprensión de los mensajes sino también la priorización y la posibilidad de profundizar de los temas. Un contexto que Alfons Cornella (2004) conceptualizó como "infoxicación".

En este marco, en el que prima una suerte de "economía de la atención" en la opinión pública, las personas reducimos el abanico de temas a solo aquellos que, de alguna u otra manera, nos afectan o movilizan emocionalmente. Como señala el reconocido psicólogo y Premio Nobel de economía (2002), Daniel Kahneman, en su libro "Pensar rápido, pensar despacio", la mayoría de nuestras acciones cotidianas parten de la intuición, de la costumbre y de lo que las emociones activan o no en nosotros.

Con este axioma ya consensuado por los especialistas en diversas disciplinas como la psicología, la ciencia política y la sociología, la política y los políticos, si quieren lograr captar la limitada atención de una opinión pública saturada de mensajes e información, se ha visto obligada a abordar temas que emocionalmente impactan en la sociedad, o intentar valerse de artilugios emocionales para comunicar aquellos temas complejos de entender.

El dólar es sin duda uno de esos temas por el cual los electores argentinos sienten una sensibilidad especial. Podríamos llegar incluso a afirmar que los argentinos tenemos un vínculo emocional con la divisa estadounidense. No se trata de que las personas estén al tanto de los tecnicismos referidos a las políticas monetarias o cambiarias, sino que basta con que experimenten diversas emociones al producirse una baja o alza en su cotización para que este sea un tema en la opinión pública.

¿Es la economía, estúpido?

Existe una percepción más o menos extendida, aunque no del todo cierta, en relación a que las campañas electorales sólo hablan de economía, en tanto allí residiría la principal motivación del voto. Parafraseando a uno de los emblemáticos consultores de Bill Clinton, James Carville, "es la economía, estúpido". Si bien claramente lo era en la elección que Clinton venció a George H. W. Bush en 1992, lo cierto es que diversos estudios demuestran que otros temas –además de la economía- supieron hegemonizar las campañas electorales en las últimas décadas.

Un ejemplo de ello son las campañas de Raúl Alfonsín en 1983 y Fernando de la Rúa en 1999. En el caso del primero, los valores democráticos y la prédica por los derechos humanos fueron el epicentro de la contienda, mientras que, para el segundo, el eje de su discurso estuvo anclado en la lucha contra la corrupción y el fortalecimiento de la ética pública ligada a la administración del gobierno.

Sin embargo, sería necio negar la importancia que para los electores representa la economía a la hora de emitir su sufragio. Dentro de las múltiples aristas que comprende la economía, el dólar, junto a la inflación y los salarios, es una de las más relevantes.

Son varios los períodos a lo largo de la historia electoral argentina en los cuales el dólar fue un tema álgido. La divisa estadounidense, y la predilección que los argentinos encontraron en ella por diversos motivos, marcó la dinámica del clima de opinión y con él las perspectivas electorales de los candidatos.

A partir de la década de 1960, los medios de comunicación –sobre todo la prensa escrita- comienzan a hacerse eco de los vaivenes del dólar. Algunos años más tarde, en la década de 1980, cuando la inflación y el estancamiento económico -inestabilidad heredada en gran medida por la dictadura militar y la situación generalizada en América Latina- el dólar volvió a posicionarse como un tema relevante en los medios. Ya no sólo la prensa le dedicaba espacio en sus matutinos, sino que ahora la televisión la tendría por horas al aire.

A partir de la década de 1990, cabe recordar, el gobierno de Carlos Menem ató la cotización del dólar al peso, una política económica conocida popularmente como "convertibilidad", que con una relación de un peso un dólar tuvo diez años de vigencia. Una bomba de tiempo, plausible de estallarle a cualquier gobierno venidero. Algo que finalmente ocurrió con consecuencias que en 2001 alcanzaron niveles trágicos en materia social.

Así las cosas, para algunos especialistas, la divisa estadounidense es una suerte de termómetro social. Sin embargo, lo que se encuentra agazapado detrás de la predilección de los argentinos por el dólar no es sólo una vinculación de tipo emocional, sino una respuesta ante la inestabilidad que caracterizó cíclicamente a la economía del país durante los últimos 36 años de democracia.

Los desafíos de la democracia

Entre los desafíos que tendrá el gobierno que resulte ganador de la contienda en 2019 está entender que el problema no es el dólar, sino la profunda desconfianza que los argentinos tienen en la suerte de las políticas económicas de los sucesivos gobiernos democráticamente electos. Los argentinos encontraron en la divisa extranjera un resguardo ante la debilidad de la moneda local y las crisis recurrentes, una forma de ahorrar o por lo menos preservar su capital ante la incertidumbre. Quizás ello pueda explicar en parte cómo pese a la baja de las tasas de interés en Estados Unidos por primera vez desde 2008, la cotización del dólar en nuestro país –que todavía mantiene las "súper-tasas" del Banco Central– recuperó cierta tendencia alcista.

El desafío de la democracia es el de gobernar, no solo hacia adelante, es decir proponiendo políticas públicas, sino, como esgrime el especialista en comunicación política, Dominique Wolton, con "retrovisor". Es decir, escuchando cuáles son los reclamos y problemas de la población.

La historia suele ser una fiel asesora en materia de gobierno. Solo exige ser leída con cautela y de manera inteligente para no caer en una peligrosa "cámara de eco" y escuchar sólo aquello que se quiere oír.

*Sociólogo, consultor político y autor de "Gustar, ganar y gobernar" (Aguilar, 2017) y "Comunicar lo local" (2019)

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