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#TeatroEnInfobae: el sueño cumplido de dirigir “A puerta cerrada”, de Sartre

Por Irene Chikiar Bauer

A puerta Cerrada
A puerta Cerrada

Los libros y el teatro me acompañan desde que tengo memoria. Recuerdo con nostalgia nombres de la gran escena argentina que fueron familiares durante mi infancia: Onofre Lovero, Manuel Iedvabni, Jaime Kogan, Inda Ledesma y Walter Santa Ana. Para mí, desde un principio, los libros y el teatro se relacionan en contrapunto. Y ahora que, por primera vez en mi vida, me encuentro dirigiendo una obra, nada menos que A puerta cerrada de Jean Paul Sartre, siento que fuera de cualquier predestinación, a la nena que fui se le cumple un deseo que soñó, como espectadora, allá lejos y hace tiempo. Pero antes de contarles acerca de lo que significó, para mí como escritora, poner un pie en el mundo de las tablas, me permito algunos recuerdos.

Nacer en una casa en la que había varias bibliotecas y lectores hizo que me familiarizara con los libros mucho antes de aprender a leer. Contemplar a los adultos leyendo y oírlos comentar lo que leían, o vislumbrar escenas de lectura fomentó en mí el deseo por los libros. Por ese placer que, evidentemente, despertaban en los que me rodeaban, y que se reflejaba en la concentrada disposición con que se sumergían en la lectura.

También el teatro formaba parte de lo familiar. Supe que mi abuelo materno, odontólogo de profesión, y lector por vocación, había sido, cuando joven, secretario del Teatro Blanca Podestá. Además escribió un par de obras que se representaron allí y que nunca nos dio a leer. Todavía me parece verlo salir entusiasmado ¿con sombrero? y traje, desde los suburbios a los que lo había llevado, a su pesar, el ímpetu criollo campero de mi abuela. Él iba hacia "su" calle Corrientes en excursión de librerías.

Hace no mucho tiempo, en una de mis propias excursiones libreras por esa misma avenida, encontré una biografía de la actriz Iris Marga, en la que se lo nombra como autor de una de las obras representada por ella. También mi papá, de profesión cirujano, tenía un pasado como teatrista. Fue actor y director de teatro independiente, pero a diferencia de su suegro, que al formar familia dejó ese mundo atrás, al menos en un par de ocasiones mi padre quiso volver a las tablas. Hubo ensayos en casa con algunos actores, pero no alcanzo a recordar si llegaron a estrenar, ni el nombre de la obra. Lejos del escenario, pero espectador asiduo, papá se convirtió en el médico de algunos de los nombrados más arriba, actores o directores que nosotros, los hijos, veíamos en la sala de espera, y después en el teatro.

Como espectadora, lo que siempre me conmovió es que, a diferencia de la experiencia íntima, pero que anida, como encapsulada en el interior de uno mismo, típica de la lectura para sí, en el teatro se comparten, en el momento de la acción dramática, las emociones y la tensión de los actores que se juegan, mientras dura la función, ese todo por el todo que representa meses de ensayo, aprendizaje del texto, incorporación del personaje.

En cuanto a este estreno de A puerta cerrada, la idea surgió en San Antonio de Areco cuando fui convocada por un grupo de actores que, habiendo decidido hacer la obra, me pidieron que los asesore desde lo literario y filosófico. Yo tenía alguna experiencia en eso de compartir conocimiento y conversaciones para promover el tránsito de la literatura a la escena.

Cuando Ricardo Monti y Jaime Kogan llevaron Rayuela al Teatro Payró, me reuní con ellos y con los actores para hablar de la novela, de la vida y de la obra de Cortázar. En esa ocasión, como era parte de la producción ejecutiva, asistí a los ensayos, viví el proceso de creación con expectativa y me sentí comprometida con el resultado.

Tal vez por atesorar aquella experiencia no tuve reparos en aceptar la propuesta y sumarme a la producción de A puerta cerrada. Pero a poco de comenzar los ensayos surgió la necesidad de afrontar una dirección que no había previsto y que durante la práctica resultó apasionante. En estos meses de ensayo leímos filosofía, nos adentramos en la acción dramática, en la caracterización de los personajes. Existenciamos, para usar un neologismo sartreano, esta obra que, como decía, sin habérmelo propuesto en un comienzo, me encontré preparando y dirigiendo, acompañada por un grupo de tres actores con experiencia: Daniel Lamberti en el papel de Garcin, Florencia Mendizábal y Gloria Morgan, como Inés y Estelle respectivamente. A ellos se sumó mi marido, Horacio Bauer, gestor y promotor de la idea, lector y formado en filosofía, quien estaba al tanto de que el propio Sartre había dicho que, de hacer un personaje, representaría al camarero.

Recordemos el argumento: en A puerta cerrada, un hombre y dos mujeres son introducidos en una habitación por un personaje enigmático, el camarero. Condenados eternamente y ausente la tortura física, cada personaje se transforma en el verdugo para los otros dos. ¿Qué es entonces el infierno? Una respuesta posible es la que brinda Jean Paul Sartre: cuando no hay posibilidad de amor, de empatía, de solidaridad, "El infierno son los otros"

Escribir es una tarea solitaria, muchos escribimos en principio como un intento de clarificar, ante nuestra propia mirada, pensamientos o una visión del mundo que intentamos desentrañar, palabra a palabra, con mejor o peor resultado, y en lucha con nosotros mismos. Dirigir o participar de una obra de teatro mueve otros resortes, otras conexiones.

Así, me encontré descubriendo que lo primero que se puso en juego fue mi capacidad de empatía. No solo con los personajes, cosa que nos sucede frecuentemente como lectores. Descubrí, con naturalidad, que conectar con los actores es fundamental para cualquier director, y que resulta apasionante hacer que cada uno de ellos brinde lo mejor de sí.

A medida que transcurrieron los ensayos, las conversaciones, los correos electrónicos en los que seguíamos indagando, y elaborando las situaciones que presenta A puerta cerrada, formamos un grupo cohesionado y solidario. A diferencia de lo que sucede entre los personajes de la obra, sobrellevamos las dificultades inherentes a la vinculación humana. Relacionarnos positivamente hizo que pudiéramos atravesar las dificultades de la dramaturgia y por eso, ni las limitaciones laborales, ni las muchas cuestiones personales y familiares que amenazaron el proyecto nos detuvieran.

Me siento agradecida de trabajar con todos los que hicieron posible que llegáramos a este momento. Sartre tenía razón, a veces "el infierno son los otros" Pero, cuando nuestras relaciones no están envenenadas (empoisonnés), se invierte la carga de la prueba y estar con los otros nos lleva realizar y a realizarnos. Nos toca ahora compartir nuestro trabajo con ustedes.

*A puerta cerrada
Teatro La Máscara, Piedras 736, CABA
Funciones: Domingo – 18:30 hs
Entrada: $ 300,00
Hasta el 30 de junio

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