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El extraño caso de Albert Nobbs, la mujer que huyó de la miseria fingiendo ser un mayordomo de hotel

Glenn Close, en el papel de Albert Nobbs, en la película de 2001
Glenn Close, en el papel de Albert Nobbs, en la película de 2001

En 1918, el escritor irlandés George Moore sorprendió a sus lectores –y a quienes no lo eran: la historia ardió como una tea– con su cuento corto Morrison´s Hotel Dublin: reconstrucción de la extraña vida de una niña nacida a fines del siglo XIX, de padres desconocidos, abandonada a los 14 años, y a cargo de una mujer a quien le pagaron por esa tarea…

La niña ni siquiera tenía nombre. Y si lo tenía, la mujer no lo supo. Se la entregaron como un paquete.

Muy poco después recibió, como una condena, el mandato:

–Si quieres comer, debes trabajar. Y si no trabajas, terminarás en un hospicio.

La palabra "hospicio" la aterró. Pero en esos años, plena era victoriana, el trabajo, en especial para mujeres y niños, era otra forma de cadalso.
Sobre ese drama, sir Frederick Eden, discípulo de Adam Smith (1723-1790), el autor de la biblia capitalista –La Riqueza de las Naciones–, escribió:
"El hombre no puede ofrecer más que su trabajo, y está condenado por la naturaleza a vivir casi completamente a merced del que lo emplea. Y por ello se abusa del ser humano en diversas formas. Por ejemplo, en las fábricas de hilados de Manchester se multa ir sucio, silbar durante el trabajo, y el obrero enfermo que no logra encontrar sustituto debe pagar seis chelines al día por "pérdida de energía mecánica". Los salarios son fijos e insuficientes. Otro problema es el exceso de horas de trabajo: ¡más de 16 horas todos los días!, y no exclusivos para hombres para hombres fuertes: las muchachas jóvenes también deben cumplirlo, lo mismo que los niños, y en pésimas condiciones de higiene".

La perspectiva de quedar sin techo, acabar en un hospicio, o morir de hambre en un callejón de Dublin la empujaron a una decisión extraña, heroica y cargada de peligros. Se convirtió en hombre. Ocultó sus formas con corsé y ropa muy ajustada. Disimuló su pelo con un bombín o con una pasta fijadora. Y así travestida, pidió trabajo en el hotel Morrison…

En realidad, su decisión no fue original sino copia. Por azar conoció a una mujer que hizo exactamente lo mismo, pero que en su casa abandonaba el rol: volvía a ser mujer, y con pareja…

Entre los primeros pasos de la aventura hubo una prioridad: el nombre. ¿Cómo debía llamarse alguien N.N. de sus años? Y eligió ser, en adelante, para siempre y hasta el final, el señor Albert Nobbs. Tan serio, tan eficiente, tan obsesivo, tan discreto –el silencio fue un arma clave; hablar demasiado podía delatar el timbre femenino–, que los dueños del hotel no tardaron en ungirla/o mayordomo.

El fantasma del hospicio o el callejón parecían desvanecerse como una pesadilla con despertar feliz.

De pronto, ese rol, ese estricto e inventado mayordomo Albert Nobbs, redujo al personaje a un mundo limitado. Sólo los pasillos del hotel, la vigilancia sobre la gente bajo su mando, los ritos del perfecto orden…, y de noche y en su cuarto, liberada/o del disfraz, los gestos, el paso mecánico, trazar su futuro, su supervivencia, moneda a moneda en un hueco secreto e inviolable. La isla del tesoro…

Afuera, en las calles de Dublin y aun más cerca, a la vuelta de la esquina del hotel, un mundo miserable, abyecto, casi un infierno con otro nombre: pobreza.

¿Estaba a salvo, blindada, acorazada contra ese posible destino? No. Ni el señor Albert Nobbs ni la mujer que había detrás del uniforme. Porque en la era victoriana, un desliz, un error, un mal gesto, significaban el despido inmediato. Y por eso redoblaba y perfeccionaba su muñeco hasta en los mínimos movimientos, asemejándose a los personajes del todavía no nacido cine mundo: como un títere de tabladillo…

Pero veinte años después llega la verdad no deseada. En el hotel, y en la vida de ese mayordomo que ya ni recuerda en qué momento pasó de mujer a hombre, irrumpe Hubert Page, un pintor de brocha gorda contratado por un tiempo para ciertas tareas de su oficio.

Pasan la noche juntos, y Albert queda atrapado por su propio espejo: ¡el pintor es una mujer! Se ha travestido por las mismas razones –la indefensión de su sexo en esa época, los abusos, la injusticia–, pero no ha renunciado, como Albert, a la vida plena: en su casa y con Cathleen, su pareja lésbica.

Su impenetrable muro de protección no le habría exigido renunciar a su sexualidad. La doble vida era posible. Pero para Albert, demasiado tarde.
Es posible que el autor de la novela, a pesar de su minucioso rastreo, no haya encontrado el final del personaje: su muerte, cómo y cuando.

El misterio lo llevó hacia un final ambiguo. Una pelea, un golpe mortal en la cabeza, y adiós.

Adiós en la soledad de su cuarto, y cerca de un hueco lleno de monedas que alguien, algún día, encontrará.

(Post scriptum. En el 2001, el director Rodrigo García, hijo de Gabriel García Márquez, dirigió el film "Albert Nobbs". El rol de Albert lo llevó sobre su espalda, y gracias a su enorme talento, Glenn Close. Rescatar ese film y esa actuación es una experiencia inolvidable. Una gran lección de "alguien que juega a ser otro, frente a un público que juega a tomarlo por ese otro", como Borges definió la misteriosa relación actor-público. Un rito. Una religión sin dios…, o con muchos dioses).

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