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El ataque y la convicción de Brian Castaño le permitieron seguir siendo el campeón

Brian Castaño (AFP)
Brian Castaño (AFP)

Fue un espectáculo digno, atractivo, rítmico, donde ambos tomaron riesgos, especialmente el peleador argentino.

Probablemente el costo de la pelea fue mayor para Castaño. Y esto explica que hubo pelea porque estuvo Castaño. Sin él no hubiera habido emoción, vibración y dramatismo.

No fue una pelea dramática pero sí atractiva. ¿Qué hubiera sido del combate sin los ataques sostenidos ni las ofensivas de un boxeador determinado como Brian Castaño? Seguramente una pelea clásica pero sin los aditamentos que le dieron interés a este combate.

Quizás no fue la mejor actuación de Castaño, pero enfrentó a un rival difícil, de gran experiencia y extraordinaria formación académica. Lara tiene todo su aprendizaje en Cuba, donde se preparaban boxeadores robotizados para alcanzar la medalla dorada. Esto significa la utilización del golpe de apertura (jab de derecha) y la continuidad del segundo golpe: gancho de izquierda, que en este caso, es el impacto con el cual un zurdo busca el deterioro físico de su adversario.

Pero el "robot" se convierte en un elemento de belleza y estética por su genética tropical. Es esa virtud que le da elegancia a los movimientos defensivos con claro y armonioso retroceso haciendo coordinar los pies y los puños.

Lara ganó los rounds 1 y 2, gobernando el ring con su jab diestro y girando levemente para evitar la corta distancia. Lo hizo con riqueza técnica y concentración absoluta.

Fue a partir del tercer asalto en que la acción de Brian Castaño comenzaría a tomar dimensión de ataque, desborde y descargas. Fue así que se impuso en los rounds 3, 4, 5, 6 y 7.

Durante esos 15 minutos del tronco central de la pelea pudimos apreciar la muestra de determinación y coraje con las cuales el boxeador que menos sabe (Castaño) somete la técnica del pugilista que más sabe: Erislandy Lara.

Los momentos más vibrantes pudo disfrutarlos el público en ese segmento de cinco asaltos durante los cuales el boxeador de San Justo demostró fehacientemente el significado de su título mundial: atacó, descargó y pegó los mejores golpes dando muestras elocuentes respecto de su preparación física y su inquebrantable convicción por mantener su cinturón de campeón mundial.

Pero fue en los asaltos 8, 9 y 10 cuando el cubano volvió a imponer su técnica en lo que se percibió como un "cambio de aire" que se prolongó más allá de lo conveniente. Por lo tanto, además de esa transformación de oxigeno del octavo, las virtudes de su adversario volvieron a aflorar exigiéndole un cierre de combate como difícilmente haya tenido en peleas anteriores y probablemente en las que vendrán.

El gran mérito de Castaño fue su esfuerzo durante los asaltos 11 y 12 que le permitieron alcanzar el punto culminante de la pregunta que genera desde siempre la preocupación de los jueces: ¿Alcanza lo que hizo el retador para ocupar el lugar del campeón?. O planteada la disyuntiva desde otro punto de vista: ¿El campeón no hizo lo suficiente como para continuar su reinado?.

La respuesta es que, luego de una pelea vibrante, Brian Castaño, quien había dado todo lo que es y había dejado sobre el ring todo cuanto puede, merecía indubitablemente seguir siendo el campeón.

Don Carlos Castaño, su padre, conductor y director técnico, tenía razones para que su rostro permitiera que un celofán se posara sobre sus ojos; su hijo Brian trae hacia La Matanza el cinturón que prometieron conservar.

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