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Ricky Pashkus: «Yo era un director gritón, pero nunca me sentí un maltratador»

Cuando era chico su hermano le preguntaba qué quería ser cuando fuera grande. "Muy famoso, como Doris Day", respondía Ricky Pashkus. Todavía no sabía cómo lo iba a lograr, pero sí sentía el hambre de gloria y el reconocimiento. "¿Por qué querés eso? Ponelo en un lápiz y un papel, vas a ver que no se cumple", lo desafiaba su hermano. Y Ricky lo firmó.

"Había un sueño importante que la historia fue cambiando. De chiquito quería la fama, después se transformó en que a la gente le importe lo que yo hacía", recuerda el prestigioso director y coreógrafo que logró emocionar a Mauricio Macri con la gala que realizó en el Teatro Colón durante el G20.

"Recuerdo el día que vino Alain Delon al Hotel Alvear. Ni sabía quién era, pero pasé por ahí y veía un montón de mujeres gritando como locas. Quedé obnubilado con esa sensación. Después tengo el recuerdo de un príncipe, no me preguntes qué príncipe, uno que pasó por una avenida y toda la gente estaba parada. También del Papa (Juan Pablo II) cuando vino y esa sensación de que saludaba: yo fantaseaba que era maravilloso ser saludador", cuenta entre ternura y risas el director de Chorus Line, una obra que también habla mucho de sí mismo.

"Es el primer espectáculo que vi en mi vida de comedia musical, lo audicioné en el año 78 acá, en la Argentina, para entrar", cuenta Pashkus sobre la propuesta que se presenta en el Teatro Maipo con gran éxito de taquilla. "La obra tiene el personaje de un director y que hace el casting. Ese director habla como yo, lo que quiere decir que yo saqué de ahí un montón de impronta y de conceptos", reconoce.

Rucky Pashkus dirige “Chorus Line”, que en el elenco cuenta con Sofía Pachano
Rucky Pashkus dirige “Chorus Line”, que en el elenco cuenta con Sofía Pachano

—¿Qué siente hoy ese adolescente que soñaba triunfar cuando ve que es ovacionado en el Teatro Colón por los líderes del mundo?

—En ese momento no piensa. Las veces que entro al Colón, que para mí es un lugar supremo y muy emblemático, digo: "Papi, ayudame", una especie de cábala. En el momento del Colón estaba como anestesiado, la gente me dice: "¿Vos sos consciente de lo que esto implica, de la presión que vas a tener?". Yo no me daba cuenta, era como una defensa, porque cuando terminó me derrumbé, literalmente. Miraba a los presidentes ahí arriba y decía: "Son gente normal". Ahora, en la medida en que cayó la moneda, no te puedo explicar. Me lo dijo un amigo: "Fue como recolectar lo que sembraste durante muchos años". La gente reconociéndome en la calle, nunca me pasó que la gente me reconociera, la gente diciéndome cosas, hasta me da vergüenza: "Nos devolvió la dignidad, el orgullo de ser argentino". El Presidente que me llama al celular, y sí, ahí pienso en mi madre, mucho, y en mi hermano. Me hace feliz.

—En el recorrido aparecieron muchas facetas. En algún momento hasta diste clases a novias para que aprendan a entrar a la iglesia.

—¿Vos querés saber si soy muy chanta? Sí, obviamente: soy muy chanta y logré hacer eso. Era un buscavidas, necesitaba trabajar y cobrar. Era una época del país donde había más plata, la gente gastaba, la clase media alta tenía cómo hacer y la gente tenía una sensación no tan impune: para bailar en una fiesta tenías que saber bailar. Entonces, ¿cómo era una clase? Hasta me da vergüenza: tenía diferentes niveles… ¿Qué te puedo decir? Si lo miro para atrás, no puedo más que reírme de mí. Uno de los Les Luthiers tomó clase conmigo para el casamiento; no voy a decir cuál, lo voy a mantener como un secreto simpático.

—Como maestro, como director, ¿qué creés que hace falta? ¿Cuánto de talento, cuánto de trabajo y cuánto de suerte?

—En la ronda de la fortuna, la suerte no tiene nada que ver. La suerte, no. No creo que haya actores que se mueran y le puedan decir a sus nietos o actrices: "Mamá era una gran actriz, nunca tuvo suerte y no lo pudo ser". Hay dos cuestiones: el trabajo y el talento. Creo más en el trabajo que el talento. Entre dos personas que en una clase hacen lo mismo, ahí creo más en el talento; lo que hace el tiempo con ese talento entre dos personas iguales no tengo duda de que es la perseverancia.

—¿Tiene que ver con a cuántas clases fui y cuánto ensayé?

—Absolutamente.

“De chiquito qureñia fama, después se transformó en que a la gente le importe lo que yo hacia” dice Ricky Pashkus a solas con Teleshow
“De chiquito qureñia fama, después se transformó en que a la gente le importe lo que yo hacia” dice Ricky Pashkus a solas con Teleshow

—¿Qué fue lo más inesperado que te pasó en un escenario o en una obra?

—No puedo dejar de pensar la bomba que explota en el 75 y la oscuridad literal que aparece en ese momento: los bomberos, yo vestido de mujer porque estaba haciendo "El Pichi", que es una canción española que Nacha (Guevara) nos vistió a los 12 bailarines de mujer y ella estaba de hombre. En el momento de la bomba ella se escapa con Alberto Favero, el maestro genial que era su marido en ese momento; a la hora todos bajamos. Imaginate los 12 bailarines buscando familiares que nos reconozcan y el encuentro con mi mamá que no me voy a olvidar nunca en mi vida por la cara que puso en ese momento. Era una mezcla de "Ahí está mi hi…", y mirar al mismo tiempo que estaba vestido de mujer. Ese encuentro fue único.

—Recorrés mucho la Argentina. ¿Cómo encontrás a la gente cuando viajás? ¿Por qué te movés mucho?

—Veo algo muy distinto en el Interior que en la Capital. Me animo a arriesgar que el término grieta es un término profundamente porteño, capitalino y en la provincia de Buenos Aires.

—¿En el Interior no lo ves?

—No lo veo en ese nivel, de ninguna manera. Puede ser que aparece entre los políticos. Vamos a ser directos: mucha gente me dice "Te tildaron de macrista por estar en el G20 y los bailarines cuando gritaron '¡Argentina, Argentina!'", ¿pero vos te imaginas que yo le puedo dar la orden a un bailarín para que grite '¡Argentina!'? No existe. Son artistas que tienen una mirada agradecida, amplia, generosa, y verdaderamente hay mucha gente que no está en la grieta.

—Cuando los artistas manifiestan abiertamente su ideología, ¿sentís que colabora desde lo social porque el arte tiene también ese rol, o más bien ensucia el trabajo artístico?

—El arte sí es un hecho político, como todo. He visto obras como El mercader de Venecia que habla de un judío al que le prestan plata, y es una obra maravillosa de Shakespeare, o es una obra antisemita, depende del director. El arte es un hecho político. Ahora, si me preguntás en relación a si creo que el arte debe hablar de política, creo que depende del artista, si es genuino, de lo político, de lo actual o de lo pasado. No veo ningún problema si es genuino, si es honesto. Hay veces en que yo me siento más ante un panfleto que a un hecho artístico. Y si me preguntás si ensucia o no ensucia, depende del objetivo también del artista. Si el objetivo es llenar salas, cosa que es muy lícita, y sí, la realidad indica que muchas veces eso daña la convocatoria; pero la persona que lo hace sabe que daña la convocatoria y no se ve amedrentada por eso, entonces me parece que es posible. También creo que el actor es un ser que debe tender a ser lo más neutro posible para arroparse dentro de las características del rol que le toca: no es conveniente que cuando yo te vea tenga ya miles de imágenes referidas a tu vida en general y que me impidan a lo mejor entrar al rol porque tengo que llevar una impronta muy fuerte. Pero la gente que puede decidir por ese lado lo hace conscientemente, así que no creo que ni de un lado ni del otro sean ingenuos porque muchas veces se dice que se vacían las salas, de un lado o del otro, y el más damnificado es aquel que se siente con la sala vacía. Entonces no veo, yo no puedo juzgarlo eso.

—¿Cómo lo manejás vos?

—Me dejo atravesar por las acciones y dejo que las acciones hablen de mi valor político, no solamente por qué gobierno me contrata, porque me han contratado muchos gobiernos, muchos. En 1993, cuando el presidente (Carlos) Menem celebra los 10 años de la democracia argentina, me llama (Gerardo) Sofovich para armarlo en el Luna Park. Yo armo, por supuesto. Menem no era un presidente bien considerado por la inteligencia cultural ni mucho menos, y yo acepto el desafío, y me pregunto y les pregunto a mis grandes amigos: "¿Está mal que yo celebre la democracia en un gobierno?". Y yo mismo me la respondí: "Estoy celebrando la democracia".

“Creo más en el trabajo que el talento” analiza Ricky Pashkus
“Creo más en el trabajo que el talento” analiza Ricky Pashkus

—Te han contratado muchos gobiernos para distintos eventos artísticos. pero, ¿en algún momento tuviste algún cargo público?

—No.

—¿Te han propuesto?

—Sí

—¿Quién?

—Me han propuesto en su momento ser ministro de Cultura de la Ciudad.

—¿De qué gobierno?

—Hummm… prefiero no decirlo.

—¿No te interesó?

—No. Creo que hace mucho tiempo que la política tiene mucha gente muy valiosa y maravillosa que ingresa con el acto profundo de querer hacer cosas. Pero creo que no se puede.

Ricky Pashkus disfruta el éxito de taquilla de “Chorus line”
Ricky Pashkus disfruta el éxito de taquilla de “Chorus line”

—Estamos viviendo un momento muy importante en el mundo y en Argentina en todo lo que tiene que ver con el feminismo. ¿Viste en tu recorrido profesional alguna de las situaciones de acoso de las que tanto estamos hablando?

—Es muy difícil plantearme porque la pregunta yo me la hago, y la siento y debo empezar por mí.

—Es un aprendizaje que vamos haciendo todos.

—Vamos haciéndolo todos. Yo mismo podría ser alguien que deba reconocer cosas que no debería haber hecho. Yo era un director gritón: no creo que haya maltratado, no me sentía nunca maltratador, pero era gritador. Yo agarraba a la gente: "¡Vamos para allá, vamos para acá!", nunca con un sentido de otra índole que no fuera el apasionamiento. Pero los directores tenemos esa especie de signo de que creemos que el apasionamiento justifica cierta relación social distinta a la que tienen los demás. Y creo que no es así, que lo estamos aprendiendo, que el apasionamiento no tiene nada que ver con un trato específico y distinto.

—¿Hoy ya no lo hacés?

—No, de ninguna manera. Siento que tuve que revisar cosas en torno al trato y en torno a la manera de pensar, pero no solamente con las mujeres: con el poder, con la sensación de que vos podías. Creo que nunca llegué a nada…

—Nunca pasaste una cierta línea.

—Creo que no. Lo que sí es cierto es que durante muchos años me hacía preguntas que no tenían respuestas; hoy las entiendo. Pero de grande ya me las hacía: "¿Por qué no hay pintoras famosas en los museos?"; "¿Por qué no hay literatas antes del siglo XX, sí Sor Juana Inés de la Cruz, pero por qué no hay cantidades?". No puede ser porque tengan menos talento. Los líderes religiosos son judíos, cristianos, pero son hombres.

—Si ahora tenés un encuentro imaginario con el nene que eras, que quería ser famoso, ¿qué le decís?

—Que ese nene estaba muy bien rodeado por gente maravillosa como mis padres, y mi hermano. Y que también padeció mucho ese deseo de fama porque la maestra le decía siempre en el colegio: "Pashkus ¿tiene hormigas en la cola? ¡Siéntese!". Y que yo lo padecía mucho. Y yo le digo: ""ranquilo, tranquilo, menos mal que no dejaste que se mueran las hormigas. Y menos mal que aguantaste".

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