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Dady Brieva, la banalización de la historia y el rol del periodismo

Dady Brieva
Dady Brieva

La Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP) fue creada por el presidente Raúl Alfonsín el 15 de diciembre de 1983, con el objetivo de investigar las violaciones a los derechos humanos durante el período del terrorismo de Estado. Un hecho histórico a nivel mundial.

Hace pocos días el actor y humorista Dady Brieva dijo públicamente, en una entrevista: "Yo creo que se tendría que hacer una CONADEP del periodismo… Me parece que habría que tener un juicio… mintieron a toda una opinión pública que les creyó". Estas palabras promueven algunas reflexiones.

En primer lugar, hay que señalar que preocupa la banalización de un hecho histórico —experiencia única en el mundo—, que tiene lugar en nuestro país después de los siete años más oscuros y dolorosos de nuestra historia reciente.

La tercera ola de democratización, luego de los abusos a los derechos humanos de los gobiernos dictatoriales salientes, produjo distintos mecanismos de justicia transicional: juicios, comisiones de la verdad, reparaciones, museos y sitios de la memoria, entre otros. La Argentina fue un caso emblemático en todo el período democrático.

La Conadep fue la entidad encargada de recibir y recopilar las denuncias de desaparición de personas durante la última dictadura militar que gobernó Argentina entre los años 1976 y 1983. Esta comisión de la verdad produjo un material sobre la violencia ilegal, fue un mecanismo de justicia anterior y para el Juicio de las Juntas. ¿Cuál es el impacto que tendría una comisión de la verdad sobre el periodismo?

Una comisión de la verdad es, siguiendo a Sikking y Walling (2008), un cuerpo temporal investido con autoridad oficial para investigar trayectorias de violaciones a los derechos humanos y para emitir un informe. El periodismo se ejerce y se seguirá ejerciendo, no es algo que sucedió. Pensar un cuerpo permanente con autoridad oficial para investigar los dichos y las expresiones de los periodistas supone colocar una piedra en la arquitectura institucional de una república. El periodismo busca la verdad y las comisiones de la verdad se instrumentan cuando el periodismo no pudo realizar su trabajo por censura, violencia y extravío del Estado de derecho.

Trasladar mecanismos de justicia transicionales a períodos estables de legalidad democrática no parece ser el mejor camino para mejorar la calidad de la información, de su circulación y de la discusión pública. Todo lo contrario.

Si los mecanismos de justicia transicional implicaron un fortalecimiento de la democracia, fueron su basamento institucional, ético y moral; ¿una comisión de este tipo en democracia implicaría investigar sobre las opiniones vertidas y su calidad? El periodista puede llevarse por sus convicciones si los hechos que describe tienen sustento en la realidad, los principios éticos que desean defender los periodistas no pueden sufrir debido a una reacción política.

Siempre tiene que haber lugar para repensar el rol de los comunicadores sociales en nuestro país. Los periodistas profesionales son actores fundamentales para la vida democrática, ya que aportan información a la ciudadanía. La información, en tanto bien social, es el recurso clave para la conformación de ideas y la toma de posiciones. Que un periodista se exprese con profesionalismo es un acto que contribuye al fortalecimiento de la república, de las instituciones democráticas de nuestro país. Cualquier intento de condicionar esa expresión profesional es un acto de censura.

Los debates que hoy debieran darse en el mundo del periodismo son otros, son debates referidos a normas, valores, métodos, fuentes; lo cual mejoraría la esfera de lo público en nuestro país.

Con esta mirada no pretendo desconocer que existen intereses políticos, comerciales y profesionales. El periodismo es parte de la vida social; por tanto, está sujeto a una interdependencia de fuerzas. Sin embargo, existen dependencias relativas, y es en ese espacio en el cual opera —o debería operar— el periodismo profesional.

En el fondo del asunto también se esconde una opinión: suponer que el mensaje de los medios masivos de comunicación determina las acciones de la gente, es una mirada funcionalista que debilita, al tiempo que subestima, la potencia de las audiencias. Estas audiencias son racionales y tienen preferencias. Además, existen mediaciones que son las instancias que nos permiten configurar una idea del mundo. En este punto es bueno recordar a Mora y Araujo cuando afirmaba que la opinión pública es independiente y autónoma, que se conforma con la actividad, la confluencia y la competencia de los medios de comunicación, de los líderes de opinión, de los líderes políticos, y de las ideas y valores que pugnan entre sí para construir las concepciones del mundo social. Y en esta competencia y diseminación de los sentidos, el boca a boca junto con el efecto tercera persona continúan siendo fundamentales.

La mayoría de nosotros suponemos que nuestra idea es producto de nuestra conciencia y razón, pero las ideas distintas a la propia, las que nos incomodan, son producto, entre otras cosas, de alguna imposición mediática. Ese efecto tercera persona nos coloca en la posición de suponer que podemos controlar la opinión de los otros porque no es auténtica, es impuesta. Pues no, todas las opiniones son producto del entrecruzamiento de muchas variables, la conformación de la opinión pública es multicausal, muchas variables se combinan e intersectan.

El valor de los medios de comunicación reside principalmente en su función social: crean sentidos y visiones del mundo (ideología), y reproducen esos sentidos sociales. Crean valores, percepciones, influyen, pero no determinan, en las opiniones y en las decisiones de las personas.

La libertad de expresión y la libertad de prensa son fundamentos (bases) sobre las cuales se construye una sociedad democrática. Que hoy se pida que se enjuicie a los periodistas que tienen una visión del mundo distinta a la que cada uno de nosotros tiene y a la del sector político con el cual cada uno se identifica, preocupa, ya que el periodista en cuanto trabajador se encontraría en una situación de vigilancia impropia de los Estados democráticos.

Como vemos, la propuesta de Brieva no aplica en un momento de oportunidad —no existe una transición del autoritarismo— ni es la herramienta para fortalecer el periodismo que necesitamos en una sociedad moderna y de iguales: Brieva debería reclamar un periodismo de mayor rigurosidad, y que trate los temas de manera adecuada y respetuosa para el beneficio de toda la ciudadanía. En el fondo, uno supone, es lo que desea.

El autor es legislador de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires por Evolución UCR Capital. Licenciado en Ciencias de la Comunicación.

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