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Hospice Buen Samaritano, el lugar donde se ama la vida hasta el final

Matías Najún con Beto, uno de los huéspedes.
Matías Najún con Beto, uno de los huéspedes.

"Mi misión es ayudar con el estetoscopio en una mano y el Evangelio en la otra", dice Matías Najún. Cuando llega se detiene a mirar a los ojos a cada persona con la que se cruza. Su primera escala, una vez que traspasa el portón del Hospice Buen Samaritano, en Pilar, es la capilla en la que está expuesto el Santísimo.

Las puertas de la capilla siempre están abiertas y es común encontrarse allí con huéspedes, voluntarios y profesionales.
Las puertas de la capilla siempre están abiertas y es común encontrarse allí con huéspedes, voluntarios y profesionales.

No anda apurado, pero tampoco pierde el tiempo: parece ser una de sus premisas en la casa donde cada minuto vale. "Mi vida es estar al servicio de las personas a través de mi trabajo", explica Matías Najún, quien estudió Medicina en la UBA y se especializó en Cuidados Paliativos, tras obtener su certificación como médico de familia.

Además de ser presidente del hospice, que fundó hace una década con el apoyo de amigos y una clara conciencia de misión, Najún es jefe del Servicio de Cuidados Integrales (paliativos) del Hospital Austral. "Mi deseo y la misión de esta casa es cuidar a Jesús en cada persona, y hacerlo como lo haría Él. Ése es el motor. Cada huésped y voluntario cree en lo que cree, pero la institución hace pie ahí", cuenta el Doctor Mati, como lo llaman algunos.

Tres médicos (dos paliativistas y una oncóloga), un equipo de enfermeras que, como Najún aclara, "están entrenadas en el manejo de síntomas y la toma de decisiones" y alrededor de 120 voluntarios formados para acompañar a las personas en el final de sus vidas hacen posible el funcionamiento del hogar. A ellos se suman un capellán -custodio de la vida espiritual- y un equipo de voluntarios dedicados a recaudar fondos.

Voluntarios y profesionales tienen un trato muy cercano con los huéspedes y sus familiares.
Voluntarios y profesionales tienen un trato muy cercano con los huéspedes y sus familiares.

Ya en la casa, Matías saluda a cada uno de los huéspedes. No importa si llevan semanas allí o llegaron hace un par de días. Conoce a cada uno personalmente y también a los familiares y amigos que los visitan. Todos tienen esos diagnósticos que da miedo oír, pero acá lo que importa es saber qué les gusta, qué tienen ganas de hacer, qué sueñan, a qué temen.

–Tendemos a pensar que cuidados paliativos es ayudar a la gente a que muera bien…

–Pasa algo muy especial: en tanto se vive la vida, uno no está pensando en la muerte. Acá se habla sobre la enfermedad que avanza y el mal pronóstico. Hay todo un proceso ahí porque hacer ese recorrido es parte de la sanación. De alguna manera trabajamos para que la gente muera sana.

–¿Qué significa morir sanado?

–Prepararte, despedirte, aceptar, perdonar, pedir perdón, no sentir dolor, no tener síntomas. Ese proceso se da en el hospice en tanto hay gente que te cuida, que te ama, que te sirve y que te da un hogar. No es un picnic esto: hay tristeza, preguntas, llantos y despedidas, pero después de todo el trayecto, hay agradecimiento. Muchos familiares vuelven agradecidos por lo que vivieron.

–¿Cómo impacta saber que ellos sólo van a estar aquí por un tiempo limitado?

–Tenemos la certeza de que hay un momento en que la historia personal de cada uno de nosotros necesita ser aliviada, acompañada y cuidada. No se relaciona sólo con lo físico, sino también con el alma… Y ahí estamos. Todos vamos a pasar por eso y alguien lo tiene que hacer. Cuando lo hacés, el que se va lo hace bien, y los que quedamos tenemos la sensación de "misión cumplida". Cuando sabés que tu trabajo sirvió, te quedás tranquilo aunque sea triste o difícil.

Najún conoce los detalles de cada diagnóstico, pero en el Hospice Buen Samaritano no se dispone a atender pacientes, sino “al encuentro con personas que sufren y sueñan”.
Najún conoce los detalles de cada diagnóstico, pero en el Hospice Buen Samaritano no se dispone a atender pacientes, sino “al encuentro con personas que sufren y sueñan”.

–¿Por qué decidiste abrir un hospice?

Es una misión, y como tal me plenifica, hace la vida más linda. Aunque me rodea gente que muere, estoy feliz. El hospice es una respuesta. Tiene que ver con ciertas búsquedas personales. En mi decisión de ser médico estaba el deseo de ayudar a la gente. En un momento se fue encarnando en actividades solidarias con grupos misioneros: visitábamos a los wichis en el Norte. Mi misión es ayudar con el estetoscopio en una mano y el Evangelio en la otra, y estar cerca de los más pobres. ¡Quería ayudar a los más vulnerables! Después conocí los cuidados paliativos, y ahí se combinaba eso de estar con los más sufrientes y la medicina.

–¿Fue una idea tuya?

–Yo sólo buscaba la forma de unir profesión y vocación. Sentí un llamado de arriba: "Armá un hospice con tu gente". Le acerqué la propuesta a un grupo de amigos sacerdotes de la Sociedad San Juan. La idea consistía en armar una casa para cuidar familiarmente a personas en el final de la vida. Para mí era una locura: estaba recién casado y esperaba mi primera hija, por lo que meterme en un proyecto sin un peso y que no tenía marketing era insensato… Pero el llamado venía de otro lado.

–¿Por qué el nombre "Hospice Buen Samaritano"?

–Se desprende de la parábola del Buen Samaritano, que cuenta que hay una persona tirada al borde del camino, lastimada. Le habían robado. Pasó alguien y siguió de largo. Luego, otro también lo ignoró. Hasta que un samaritano perteneciente a otro pueblo rival del suyo lo vio, se conmovió, se compadeció y decidió actuar: le curó las heridas, se lo puso al hombro, lo llevó a una posada y pagó por él. Es decir, se hizo cargo… Bueno, nosotros pensamos que el Buen Samaritano es Jesús y, siguiendo su ejemplo, queremos que esta casa sea una posada para la gente que está al costado de la vida.

–¿Como médicos o como seres humanos?

–Como seres humanos que cuidan a otros seres humanos. Hay un momento en que la historia personal de cada uno de nosotros necesita ser aliviada, acompañada y cuidada. No tiene que ver sólo con lo físico, sino también con el alma… Y ahí estamos.

“Mi vida es estar al servicio de las personas, cuidar a Jesús en cada una”, afirma Matías Najún.
“Mi vida es estar al servicio de las personas, cuidar a Jesús en cada una”, afirma Matías Najún.

Los voluntarios: el alma de la casa

"El voluntario no es mano de obra barata, sino la mano de obra más cara", sostiene Matías, y explica: "Son personas que deciden dar su tiempo gratuitamente, y esa gratuidad es terapéutica para el otro. Traés tu cotidianeidad a esta casa y eso queda en la cama del huésped, quien piensa: 'Alguien que no me conoce, me cuida como si yo fuera su familiar'. Al mismo tiempo que la enfermera lo cura y el médico le da la medicación… Entre todos abrazamos a la persona", sintetiza Najún.

Más de 120 voluntarios ofrecen su tiempo al servicio de los demás.
Más de 120 voluntarios ofrecen su tiempo al servicio de los demás.
Los voluntarios reciben capacitación para brindar una mejor atención a los huéspedes.
Los voluntarios reciben capacitación para brindar una mejor atención a los huéspedes.

Los voluntarios reciben una formación que va desde el conocimiento de qué son los cuidados paliativos hasta tratamiento del dolor y comunicación. No se trata sólo de buena voluntad, sino de acompañar a las personas de un modo integral.

El trabajo de los voluntarios es clave para que el hospice funcione como un hogar.
El trabajo de los voluntarios es clave para que el hospice funcione como un hogar.

Compartir la vida, como familia

El Hospice Buen Samaritano tiene seis camas. Si bien hay huéspedes que sólo pasan ahí unas pocas horas y otros que residen en la casa durante un año, la mayoría suele estar unas tres semanas: son personas que padecen una enfermedad avanzada y transitan una situación incurable y en situación social de vulnerabilidad.

Las puertas siempre están abiertas para los familiares y amigos de los huéspedes.
Las puertas siempre están abiertas para los familiares y amigos de los huéspedes.
Los huéspedes tienen la posibilidad de asistir a talleres de arte en la casa.
Los huéspedes tienen la posibilidad de asistir a talleres de arte en la casa.

Najún explica que muchos pacientes logran una mejoría al llegar, "gracias a la atención y los cuidados que reciben". Un ejemplo es el de Sergio, que luego de dos semanas regresó a su casa y vuelve al hospice para visitar a Aquino, que es de Santa Fe y tiene un cáncer incurable.

En primera persona: "Aprendí a amar lo chiquito"

Ya hace una década que Alicia Carbajal es voluntaria en el hospice. "Damos mucho, pero recibimos un montón. A mí me resignificó la vida. Ahora entiendo qué es una necesidad verdadera. Aprendí a amar lo chiquito.

Alicia Carbajal es voluntaria el Hospice Buen Samaritano desde que abrió sus puertas, en 2009.
Alicia Carbajal es voluntaria el Hospice Buen Samaritano desde que abrió sus puertas, en 2009.

Aprecio mucho más lo que somos que lo que tenemos y lo que hacemos", señala, y sigue: "Cuanto más se va deteriorando y achicando el cuerpo, más se engrandece el espíritu y uno busca cosas que tenía olvidadas: la trascendencia, ser mejor o incluso hacer algo pendiente. En esta casa tuvimos casamientos, bautismos, confirmaciones, comuniones…", remata ella con una imborrable sonrisa.

Por Florencia Rodríguez Petersen
Fotos: Alejandro Carra

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